Su belleza le aturdió los ojos, pero no los mismos que utilizaba para leer o ver las flores de su colorido jardín, porque esos seguían viendo con normalidad...
Le aturdió los ojos del alma, porque esa belleza brotaba desde las entrañas.
Hablaba del amor con fluidez, sin el miedo que puede tener quien ha sido previamente herido; se notaba que era su lengua materna, porque ningún acento solía adornar su dulce entonación.
Su belleza le aturdió los ojos y así le enseñó un nuevo lenguaje... Uno que volvería más suyo cada día a partir de ese momento y hasta el día en que dejara de hablar por completo.